martes, 22 de noviembre de 2016

Nihue Rao: medicina de selva y viento



Desde la Patagonia escribo sobre la Amazonía… en la selva anhelaba el bosque y ahora mis recuerdos me llevan a cualquier lugar del círculo que deseo revivir y contar. Hoy se llama Nihue Rao, que en idioma shipibo significa “medicina del aire/viento/aliento”.


Un australiano que necesitaba traducción durante los temazcales de la Abuela Gloria en Medellín; un couch de vida (Francisco Villegas) que lo conoció en la selva peruana; un primo médico, medio colombiano medio estadounidense (Joe Tafur) que abrió un centro de sanación ancestral junto a un curandero shipibo (Ricargo Amaringo) y a una arte-terapeuta (Cvita Mamic); una Camila que los fue conociendo y terminó viajando a Iquitos para trabajar temporalmente como traductora. Así fue cómo volví a Perú cinco años después de haberlo visitado por primera vez. En aquel entonces fui al Valle Sagrado a trabajar con niños, mientras daba los primeros pasos en este camino de descubrir el hermoso continente del que afortunadamente somos parte. 

A la capital de la Amazonía peruana se llega únicamente por vía aérea o fluvial y, a Nihue Rao, se llega en mototaxi tras hora y media de viaje (y si los días han estado lluviosos, el último tramo se realiza en bote). Allí solo hay luz unas horas al día, las habitaciones se reparten en cabañas hechas con madera, malla anti-mosquitos y techos de paja, el agua caliente siempre es fresca (o fría) y la comida de quienes llegan a recibir terapia se prepara sin sal ni azúcar, o cualquier otro tipo de condimento. De hecho, la dieta es bastante simple y contundente: avena, jugo de plátano, pan, manzanas y bananos al desayuno, y papa, plátano, pasta, pescado, fríjoles y/o arvejas de almuerzo y cena. Sí, todos los días lo mismo, aunque el tipo de pescado varía y cuando era día de doncella mi corazón saltaba de alegría. 

La Maloca, donde en las noches ocurre la magia...
Ahora, la pregunta del millón: ¿cómo son las terapias shipibo que atraen a cientos de extranjeros de todo el mundo (para quienes yo traducía)? Se comienza con una purga que elimina del organismo todo lo que se ha ingerido el las últimas horas. Después, tras una conversación con Ricardo y según la aflicción (física, mental y emocional) que cada persona viene a sanar, el curandero receta un te de una o varias plantas medicinales que debe ser ingerido cada día. En respeto a estas hierbas, y para asegurar que el cuerpo asimile sus componentes, la alimentación es lo más sana y pura posible. Por otro lado, durante cuatro noches a la semana hay ceremonias en las que tres curanderos cantan ícaros personalizados a los llamados “pasajeros” y, opcionalmente, ellos pueden tomar otra medicina de la selva que es popularmente conocida como ayahuasca o yagé.

Sin embargo, para los mismos curanderos, lo más importante de las ceremonias son los cantos. Aunque comúnmente se los relaciona con prácticas indígenas “obsoletas”, estos ícaros o cantos medicinales han sido una poderosa herramienta de sanación para la humanidad desde tiempos inmemoriales y están presentes en la mayoría de prácticas espirituales y religiosas del mundo. Llaman a la luz, al amor, a la limpieza, a la salud, a la liberación, al despertar de la conciencia, a la hermandad, al perdón, a la compasión, a la piedad y misericordia de dios, tal como lo hacen los mantras, o las oraciones y alabanzas cristianas, musulmanas o judías. 

Momentos de descanso
Mis semanas en Nihue Rao pasaban traduciendo intenciones y conversaciones, asistiendo a los pasajeros en sus momentos difíciles, dándoles la bienvenida y mostrándoles el Centro, leyendo en mis horas libres, durmiendo poco y aprendiendo mucho. Conocí a pasajeros de recónditos lugares del mundo, desde Japón hasta México, pasando por India, Australia, Canadá, Estados Unidos, Francia, Alemania, Colombia, China... Sus historias me conmovieron, pero lo que más me tocó fue la fuerza de su fe y la la valentía con la que atravesaron el mundo para llegar hasta nuestra tierra buscando la sanación en las costumbres tradicionales de los pueblos indígenas. Muchos la encontraron y yo fui testigo, otros pocos se fueron antes de tiempo, una gran parte siempre regresa y, de hecho, yo los conocí en su segunda o tercera vuelta.

Y aunque estaba ahí trabajando, también tuve mi sanación. Mis colegas los humanos hicieron su parte, mostrándome la dulzura de los rostros sin máscaras que llegan a estos lugares sin poses ni maquillaje porque saben que ahí es donde su lado más débil u oscuro puede al fin iluminarse. Pero sobre todo, me sanó la selva con su ícaro incesante que arrulla cada segundo de la existencia. Porque allí no existe el silencio. Siempre hay animales cantando, lluvia cayendo, hojas moviéndose con el viento… una gran manifestación de vida que es perfecta en sí misma, independientemente de que el ser humano sepa o no apreciarla, vivirla y agradecerla.

Estuve allí un mes, volví a casa y un mes más tarde regresé, anhelando esas madrugadas frías en las que el agua caída del cielo como en cascada y todo era música, y yo era solo un ser insignificante en medio de ese inmenso bosque tropical que en cuestión de segundos podría envolverme y desintegrarme en millones de pequeñas partes.

Mariposa en la huerta
Hace algunos meses estoy de regreso en la “civilización” -que según la RAE es el “Estadio de progreso material, social, cultural y político propio de las sociedades más avanzadas”-, y mantengo esas vivencias como uno de los pilares de mi caminar. Canto canciones de medicina que a veces parecen sacadas de una guardería y otras los cantos hippies de los 70, agradezco cada día por ser un diminuto ser viviente en este maravilloso planeta tierra, me esfuerzo por amar con dedicación, entrega y conciencia, y sigo en el camino del despertar, re-descubriendo, re-conociendo y re-aprendiendo la sabiduría que nos han heredado nuestros abuelos. 

La selva en sí misma es pura medicina, al igual que la montaña, los páramos, el mar o los desiertos. No lo sabemos porque nos han vendido la idea de que no estamos hechos para la naturaleza. Que sin tecnología, comida gourmet y agua caliente las vacaciones son una pesadilla y que sin cercos de púas los animales salvajes son todos asesinos famélicos que anhelan desesperadamente un trozo nuestro. Y sí, algunos animales matan y el ser humano se lleva el oro, pero creo que la mejor medicina es la de ir allá afuera, donde nos sentimos increíblemente pequeños e indefensos, pero enormemente bendecidos de sentirnos y entendernos parte de la creación divina.

Eso fue lo que me contaron la selva y el viento...

Tambo: cabaña para personas que hacen dietas
de varios meses (preferiblemente en aislamiento).

Donde hay misterio, hay gatos...

Supongo que esta es de las que puede matarnos...


¡Más experiencias en la selva amazónica!


En Leticia, Colombia

La Uyantza en Sarayacu, Ecuador

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