lunes, 1 de febrero de 2016

Semana Santa en Quito

Se acerca la época de Semana Santa y con ella una de las congregaciones católicas más grandes e impresionantes del país: la procesión de Jesús del Gran Poder. 

Cucuruchos en la procesión Jesús del Gran Poder


La primera vez que me dispuse a caminar entre cientos de personas, mientras seguía con el lente de mi cámara análoga a los penitentes, fue hace unos ocho años. 

Estado civil soltera, laboral inexistente, académico en curso, ideológico romántico (cámara de rollo que reproducía imágenes inigualables) y curiosidad despierta. Esas mismas fotos son las que ilustran este escrito, porque el resultado de las que tomé el año pasado con mi compañera digital de los últimos años realmente no se compara a lo que veo en éstas; pero el sentimiento sí. 

Según cuenta el padre Jorge González, quien actualmente dirige la procesión, ésta nació hace más de medio siglo a partir del afán que sentía el padre Francisco Fernández por implantar en el imaginario de sus fieles una figura concreta a la cual adorar, venerar, rezar y entregar sus penas, arrepentimientos y peticiones. Con el paso de los años la fe de la comunidad católica a Jesús del Gran Poder sobrepasó cualquier expectativa –hasta la feria de toros (irónicamente) se llama así– y, según dice González, aunque la Iglesia no promueve la autoflagelación eso depende de los feligreses y está fuera de sus manos. Porque si hay algo que caracteriza a esta peregrinación que dura cerca de seis horas, son las personas que pasan todo ese tiempo infligiendo dolor a sus cuerpos.

Un sentimiento que nuestro lenguaje no ha definido en palabras, es el que se despierta cada que veo a esta masa de gente (adultos y niños) caminando en silencio por las calles del Centro Histórico, alrededor de la pequeña estatua de Jesús elaborada en el siglo XVII y que Fernández rescató del olvido en los años 60. Gran parte de esta masa apela al dolor como ofrenda, penitencia o alguna otra razón, y se crea una atmósfera que, si bien para unos puede ser muy fuerte e inaceptable, para mí tiene un aura espiritual inigualable. 

A pesar de haber nacido en una familia y sociedad eminentemente católica, entre la juventud y la adultez me alejé de la religión y sus dogmas, por lo que una práctica como la flagelación me parecía algo totalmente ridículo. Pero la primera vez que estuve allí, tomando fotos de tobillos encadenados, alambres de púas enrollados en cabezas o espaldas, cruces gigantes cargadas por pequeñas espaldas o mujeres cuyos rostros se perciben a través de encajes, me llevó a entender (o tal vez a justificar) el tema de la fe. Porque lo que sí soy es una persona espiritual y creyente en la divinidad, y al estar presenciando este fenómeno me pareció imposible que un dios no reciba la entrega sincera de estos seres, tal y como son, tal y como piden, tal y como se entregan.

Descansando... en unos segundos tomará su cruz
en hombros y seguirá caminando.


Y digo “entrega sincera” porque el show y las apariencias llevarán a muchos a estar allí, pero hay otros que ven en este camino la mejor manera de conectarse con lo divino. Así como en otras culturas se someten a diferentes pruebas físicas que les permiten alcanzar un estado de trance a través de la superación del dolor, así muchos de estos penitentes se habrán elevado sobre su orgullo, su ego y su mismo cuerpo para probarle algo a Dios y a sí mismos.

Así que si van a la procesión de Jesús del Gran Poder, miren bien estas imágenes para tener una idea de lo que van a encontrar, abran su mente y su corazón para ver más allá de lo tangible y cuiden sus pertenencias porque como en toda multitud, hay dedos juguetones a los que les encanta llevarse cositas sueltas y descuidadas.








Las Verónicas






_____

“Hello”, me dijo un abuelo con el que compartía una banca en la Plaza Grande, mientras descansaba y escribía mis impresiones. “Hola”, le dije yo.

- Wer ar yu from? 
- De aquí, de Ecuador. 
- Ah. (Y volteó la cara)


No hay comentarios:

Publicar un comentario