domingo, 1 de noviembre de 2015

Tres meses de turismo en Cusco

Digo “turismo” porque la RAE lo define como “Actividad o hecho de viajar por placer” y digo tres porque dos meses y medio era muy largo para el título. En realidad, no es que estuve todo ese tiempo paseando, también tenía obligaciones que en este artículo les (y me) iré contando. 

Vista de la Plaza Central desde Saqsaywaman


¿Cómo llegué? Resulta que no andaba tan contenta con mi trabajo de oficina y mi corazón de “pata-caliente” (como nos dicen en Ecuador a quienes nos movemos frecuentemente) ya quería tomar el protagonismo. Así que busque oportunidades de voluntariado por América Latina, encontré a la Asociación Giordano Liva y me alisté como apoyo para el Centro Cultural que tienen en uno de los barrios periféricos de Cusco. Nunca había trabajado con niñxs, convivido con personas que no fueran de mi familia, pasado más de dos semanas en un destino desconocido o viajado completamente sola por tanto tiempo; pero siempre hay una primera vez y esa fue fascinante. Tanto que todas las anteriores las he repetido. 

Entonces, luego de dos meses y medio de vivir en el Cusco y visitar sus alrededores, puedo decir que conocí bastante bien la ciudad, su movida y ambiente, y algunos recovecos. Claro que también percibí con mucha claridad la falsedad de su centro histórico, en el que se vive una situación muy parecida a la que vi en la Habana Vieja, donde la gente del país prácticamente se desvive por satisfacer al turista y los problemas sociales están muy bien maquillados. Así que dejando de lado lo fastidioso que puede ser que en cada cuadra te saluden en inglés, te ofrezcan masajes o “ayahuasca tours” para “get in touch with your ancestors” (gracias Adri por ponerlo tan claro), lo que más disfruté de mi tiempo como turista en Cusco fue:


1. Las plazas de mercado
 
Choclo, mazorca, maíz... 
En concreto el Mercado del Ttio (sí, con doble te) y el Mercado de San Pedro. El primero, porque vivíamos a una cuadra, entonces probamos la sazón de todas las “mamitas” que vendían almuerzos tan grandes que nos duraban dos días y allí comprábamos frutas y verduras, víveres, miel, leche que con un polvito se hacía yogur, hojita de coca y cualquier otra cosa casi cada día. 

El segundo, porque es como entrar a un lugar sin tiempo donde siguen vivas las tradiciones indígenas y se encuentran las más curiosas curiosidades, como baldes llenos de ranas a la venta (por eso de que algunxs se comen las ancas), una sección especializada en mariscos (aunque la playa está a un día de viaje por tierra), pasillos especiales para brujxs y curanderxs, mazorcas de todos los colores, fruterías donde “un vaso de jugo” quiere decir que el mismo recipiente te lo rellenan dos veces y tiendas de artesanías, de las más tradicionales hasta las más chinas. 

Y ya que estoy recordando, aquí va una confesión: el mercado de San Pedro lo visité todas las mañanas durante dos semanas luego de que mi amigo Wayra (aprendiz de curandero) adivinara en mí una fuerte gastritis en progreso que debía ser curada por los menjurjes de “El Gato”. Los primeros días sus pócimas consistieron en tres yemas de huevo crudo licuadas con papa, pepino dulce y sábila, y los siguientes zumo de zanahoria con papa y aromáticas de hierbas que ya no recuerdo… En fin, que de todo eso si me quedó un estómago sano y un gusto desenfrenado por el zumo de zanahoria, que tuve que frenar cuando se comenzó a notar en mi nuevo tono amarillento. 


2. El Baratillo

Este mercado solo es apto para turistas que vienen bien informados, es decir, que tienen esto claro: NO cámaras colgando, NO pinta de turistas ingenuxs que nadan en dólares y NO turistas solitarixs que además no hablan español… 

La primera vez que fuimos el conductor del bus nos indicó la parada y una señora nos dijo antes de bajarnos “¡Tengan cuidado!”, porque supongo que lo de tener pinta de turistas ingenuxs que nadan en dólares (o euros) es inevitable si se nota que no eres peruanx. Y es que si bien Cusco es un destino relativamente seguro para turistas, esto es solo si te quedas en el distrito turístico donde, como les dije, todo está muy bien maquillado; pero como cualquier ciudad de América Latina tiene sus zonas difíciles y en una de ellas se instala cada sábado este impresionante mercado de pulgas, donde encuentras desde repuestos de celulares inteligentes hasta telares que pueden tener décadas de haber sido elaborados. Ahí está el encanto del Baratillo: en las antigüedades, las artesanías y las rarezas que puedes encontrar, a precios tan baratos. 

Consejo: vayan temprano y con tiempo de andar, no tomen muchas fotos (como verán yo no lo hice) y disfruten de uno de los acontecimientos más auténticos de Cusco. 


3. Saqsaywaman 

La fortaleza de Saqsaywaman
Más que un atractivo turístico al que se entra pagando, con guianza y un grupo de turistas, lo disfruté como un lugar para ir a pasar la tarde en calma y sintiendo la energía de un lugar lleno de historia. Y es que a esta fortaleza solo entré una vez (el día en el que me fui de Cusco) para ver la celebración del Inti Raymi, que en esta ciudad se realiza el 24 de junio (como para que coincida con la fiesta católica de San Juan) y mediante un show que grita “¡Hola turistas!” en cada uno de sus actos. 

Pero las tardes en las que íbamos a pie desde el centro, atravesando San Blas y subiendo escaleras interminables, hasta llegar a las praderas que rodean las ruinas, esas sí que eran reales y llenas de significado. Así tan reales como el grito del que nos pilló tratando de escalar para entrar por otro lado sin pagar… así tan tranquilas como la actitud de las indígenas que descansan allí con sus llamas, todas adornadas, esperando que algún turistas les de unos soles por capturarlas con su cámara… así tan hermosas como los colores de las pulseritas de lana que allí  trenzamos con Ire para darles a los niñxs en nuestra despedida… y así tan claras como el agua del riachuelo que corre casi imperceptible, recordándonos que así de simple y constante es el fluir.


4. San Blas

Calle típica del centro de Cusco
Sí, es parte del centro histórico o distrito turístico del que me he quejado, pero es que este barrio es tan hermoso y diverso, que me fue imposible no caer en sus encantos. 

Para mí, estos estuvieron marcados por el sabor tan rico y particular del brownie de coca con el que de vez en cuando premiaba mi buen comportamiento; por la sensación conmovedora de caminar interminables calles empedradas, enmarcadas por casas antiquísimas en las que todavía viven abuelos que han sido testigo de la transformación de su pueblo; por los ícaros sanadores de Sankenowe y las enseñanzas de Kush; por las pocas noches de fiesta, que aunque escasas fueron intensas, y por la voz irónica que una madrugada de abril, mientras nos reíamos desenfrenadamente al pie de las escaleras de la iglesia, nos dijo en tono burlón: “Disculpen, pero yo como antropólogo del Cusco debo decir que este no es el mejor lugar para estar a las 6 de la mañana en un viernes santo”


5. La gastronomía

Mi familia y amigos no me dejarán mentir: el día después de volver a casa había solo un pantalón que me cerraba. Yo sigo pensando que mucho tuvo que ver con la retención de líquidos que padecí luego de haber estado casi 40 horas sentada en un bus (subí derecho desde Arequipa para llegar a abrazar a papá por sus 60 años), pero supongo que la papa, el choclo, el camote frito, los brownies, las barras y sopas de cereales, las chocotejas, los croissant de chocolate, la mazamorra morada con arroz con leche, los panes de Oropesa y demás delicias también tuvieron su efecto. Y eso que fue en este viaje que me volví vegetariana. 


Mujeres en Saqcsaywaman

Pareciera que lo que más hice en esos meses fue andar por el centro y comer; pero no, eso solo fue lo que más disfruté desde el punto de vista turístico. Lo otro -los días en el centro ayudando a lxs niñxs con sus tareas y construyendo el periódico “La paloma mensajera”; la vida con Vera, Ire y Jordi; la muestra de fotos “Todos por Ayacucho” liderada por Tatsuya Kato (más conocido como “el japo”); las experiencias mística y espirituales, o la visita de mamá- son vivencias más personales.  

Y como este blog lo escribo en una secuencia no lineal de tiempo, la salida de Cusco ya la había contado y pueden leerla en El Titicaca y Llachón: dos maravillas juntas


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