domingo, 22 de noviembre de 2015

El Museo Casa de la Memoria en Medellín

Acabo de pasar varias horas en un cuarto frío, iluminado con luz artificial y colmado de imágenes, relatos hablados, representaciones simbólicas, coberturas de prensa, líneas de tiempo, reflexiones poéticas… todas sobre la guerra que vive Colombia hace más de 60 años y que aún hoy sigue golpeando al país. 






























El Museo Casa de la Memoria es uno de esos intentos que se generan posterior a –o, en este caso, durante– los conflictos armados que dejan millones de víctimas, sufrimiento y recuerdos que de alguna manera deben ser compartidos, depositados en otras conciencias. Bien dicen por ahí que el pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla, o que una pena compartida es media pena; aunque no creo que pesares tan terribles como los que deja la guerra puedan dividirse en la mitad con solo contarlos…

Cuando estuve en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos en Santiago de Chile, me dejó impresionada la gran ausencia de Colombia en la línea histórica de las Comisiones de la Verdad que se han conformado alrededor del mundo. ¡Hasta Ecuador tiene una! Y eso que es uno de los países de la región en los que la represión y la violencia han sido bastante medidas en relación a sus vecinos. Es como si aquí siguiéramos ignorando al “elefante en el cuarto”, pero es que ese elefante tiene muchos apellidos elegantes. 

Así que estar hoy en ese lugar, mientras el proceso de paz se sigue negociando, las víctimas directas del conflicto siguen viviendo sistemáticas violaciones a sus derechos y estamos a las puertas de una “tercera guerra mundial”, se siente tan doloroso como necesario. 

A mi parecer todas las guerras deberían ser consideradas como un asunto mundial porque somos seres planetarios y lo que afecta a un pueblo nos termina afectando a todos, aunque en planos de conciencia que la vida rutinaria, la esclavitud económica y la saturación tecnológica nos atrofian cada vez más. Pero no, las guerras mundiales solo pasan cuando la “liga del bien” lucha contra “la liga del mal” y que sufra y sangre la gente por las decisiones de sus gobernantes. 

Claro que es fácil echarle la culpa a otrxs cuando en realidad nosotrxs escogemos a nuestrxs gobernantes, así que más bien deberíamos hacernos igualmente responsables. Responsables, por ejemplo, de que haya niñxs que sigan creciendo con estos conceptos:

Amor

Qué mi mamá no se muera y mi papá no se muera. Pablo José Jaramillo, 6 años

Es que le pegan y le duele mucho. Viviana Castaño, 6 años

Miedo

Es que mi mamá está en un carro y unos señores de la cañería no pueden comer y le rompen el vidrio del carro y la matan y matan a mi papá y vivo solo. Orlando Vásquez, 6 años

De un muerto con las tripas salidas. Jenny Alejandra Baena, 9 años

Muerte

El país. Jorge Andrés Giraldo, 6 años

Es cuando no aguantamos. Daniel Castro, 7 años

Responsables también de que vivamos en “la ciudad más innovadora del mundo” -porque así lo demuestra su metro tan moderno, sus museos y parques interactivos tan tecnológicos, su fantástico clima de emprendimiento, su cada vez más alta calidad de vida y la increíble disminución de sus asesinatos- pero que los niveles de indigencia, indiferencia, machismo, injusticia social, violencia (sexual, física, verbal y sicológica) sean tan altos, que no sea necesario revisar estadísticas para palparlos. 

O de que en casi cualquier ciudad de Colombia familias de indígenas mendigando en las calles se hayan convertido en parte del panorama. Las mujeres tejen sus collares y pulseras mientras lxs niñxs se pasean semidesnudos a su alrededor, y todavía hay gente que los mira con reproche y se atreve a decirles cosas como “¡Aunque sea póngale una ropita hombre!”. Pero todxs somos responsables de que esos indígenas ya no tengan tierra donde vivir, construir, sembrar, cantar y andar desnudos si les da la gana, porque esas tierras son ahora el paraíso de monocultivos, campos petroleros, minerías, ganadería a gran escala... 


“Por cinco siglos tierra usurpada, dioses no reconocidos, niños arrebatados, 
canciones silenciadas, campos incendiados, mujeres humilladas, ríos ocupados, 
territorios envenenados y olvidados, jóvenes asesinados con armas desconocidas, 
pueblos arrasados, cementerios burlados, mayores asesinados, sol y luna maldecidos. 
Los indígenas sangran, resisten, cantan”. 


__________________


Esta Casa de la Memoria se encuentra en el centro de Medellín, ahí donde nace la Av. La Playa y todavía se puede ver el paso del agua de la quebrada de Santa Elena. Décadas atrás este era un sitio natural, de descanso, esparcimiento y reunión, ahí debajo de lo que ahora es la avenida que cubrió con cemento el fluir del agua para darle espacio al "desarrollo". Así también por siglos nos han querido cubrir con cemento la memoria, para distanciarnos de nuestra conexión natural con la tierra y con todo lo que habita en ella, incluyendo a nuestras hermanas y hermanos. 

Por eso creo que este tipo de iniciativas que buscan mantener viva la historia, deberían ser visitadas por todxs, siempre que tengamos la oportunidad, vivamos donde vivamos, estemos donde estemos. Porque van más allá de defender una u otra ideología de vida, religión o proceso político, y mucho más allá de re victimizar o compadecer a una población o grupo social. Si escuchamos, observamos y entendemos desde nuestra más básica y pura humanidad, creo que todxs vamos a coincidir en que no queremos un futuro en que lxs niñxs tengan estas nociones de la familia, el misterio, el amor…



No hay comentarios:

Publicar un comentario