sábado, 15 de agosto de 2015

Santay en bicicleta

Comienzo por contar lo que muchxs ya saben y es que no me gusta Guayaquil, así que tal vez por eso la Isla Santay fue un descubrimiento tan fascinante para mí. 

La vista desde el sendero



En serio, no me imaginaba que a tan pocos minutos del calor agobiante del centro de la ciudad (porque el exceso de cemento nunca ha sido aliado del sol), se podía entrar a un lugar tan puro y natural, alejado por completo de los carros y el ruido. ¿Han visto esas mariposas azules muy grandes que suelen encontrarse en los climas tropicales? Yo las conozco como “morfo” y en Santay nos acompañaron espaciadamente durante todo el recorrido de entrada, así que por lo menos vi unas 10 que según yo me estaban dando la cordial bienvenida. 

Antes de seguir con la historia, debo aclarar que soy consciente de que este proyecto de “turismo comunitario” ha sido bastante polémico y muchos dudan de su éxito o autenticidad, además de que al ser un ecosistema muy delicado (desde el 2000 es Sitio Ramsar) su permanencia siempre es un factor de preocupación; pero en este momento yo escribo como una visitante que disfrutó al máximo su escapada al manglar.

La Isla se puede recorrer a pie o en bicicleta, depende del tiempo, los ánimos y el estado físico, así que como llegamos en la tarde, pedaleamos durante un par de horas por el camino más corto. Este lugar tiene cinco años de haber sido declarado área protegida nacional y poco más de un año de haberse convertido en un atractivo turístico importante de Guayaquil, gracias a que en junio de 2014 se inauguró el puente peatonal que la unió permanentemente a la ciudad. Aquí viven unas 230 personas que al momento se dedican al turismo comunitario, pero que vivieron décadas en condiciones muy precarias. 

No soy partidaria de que la gente viva en casas prefabricadas, todas igualitas, como dice la canción de Weeds

“Little boxes made of ticky tacky...
There's a green one and a pink one 
And a blue one and a yellow one,
And they're all made out of ticky tacky
And they all look just the same”.

Y aquí la cosa ahora es así, aunque me parece es mejor que antes. En fin, que llegar al pueblo y ver casitas de madera aparentemente estables y seguras, caminar por senderos rodeados de manglar mientras los pájaros cantan y vuelan entre ramas, y visitar miradores y playitas con barcos que parece que se pueden usar libremente, me pareció muy reconfortante. 

De hecho, creo que si por alguna razón (para mi ahora incomprensible) yo tuviera que vivir en Guayaquil otra vez, definitivamente este sería uno de mis lugares favoritos y lo visitaría cada que tuviera el tiempo. Haría recorridos largos, me quedaría una o dos noches y así, tan fácil y rápido, me desconectaría del mundo ficticio.

Pero creo que en este caso es más eficiente trasmitir lo que sentí con imágenes, así que lxs dejo con unas que espero lxs antojen a pedalear por Santay:






Ah sí, hay cocodrilos gigantes :)




* Dato importante: las bicicletas se pueden alquilar en la entrada al puente y cuestan $4 por todo el día y en Ecuador el ingreso a las áreas protegidas no tienen costo. ¡Y lleven mucha agua!


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