domingo, 7 de junio de 2015

Uyantza - Día 4: la gran comelona

Sí, me demoré en terminar de contarles. Es que uno vuelve a la ciudad y deja que se apodere del tiempo... O es que contar el final es cerrar un ciclo que quisiera dejar abierto.

La comelona en la casa del prioste

Mi recuerdo de ese día está compuesto principalmente por el olor de la carne curada que era cocinada en ollas grandes, mezclado con el de la chicha (que para ese entonces yo también había bebido en grandes cantidades y hasta tenido encima), y las miradas de la pareja que se casó esa mañana y fue festejada en grande. Una olla para las aves, otra para los mamíferos, otra para los peces… Trajes especiales y coloridos, adornos, festejo, flores en el altar de la virgen, cientos de disparos de cámaras de fotos…

La boda
Se comenzó temprano mientras seguía el sonido incesante de los tambores y las risas. Yo estuve mirando, registrando momentos, conversando con el grupito de visitantes del que era parte, y durante un rato, tomando tinto en la casa del cura mientras escuchaba sus historias de vida en el Amazonas. Cuando llegó la hora de comer, me acobardé a probar mono; aunque después me arrepentí porque me hubiera venido muy bien interiorizar su energía juguetona y palpitante.

Ese fue el último día de fiesta fiesta. Los cazadores hicieron música durante horas mientras rodeaban la plaza con paso firme y cientos de personas (o tal vez menos) bailaban en el centro. Las mujeres peinaban el aire con alegría serena y hubo un largo rato de festejo colectivo que, por lo menos a mí, me dejó suspendida, como en un largo suspiro o en el aleteo de un colibrí. 

Pero ahí no termina oficialmente la Uyantza. Al siguiente día, durante la mañana, los cazadores y sus priostes, que tienen puestas todas las pieles de los animales que han cazado, se visitan entre ellos derramando los litros de chicha que todavía quedan y lanzando al techo de las casas las vasijas que las mujeres han tejido para la fiesta. Si alguna de las vasijas logar quedarse intacta entre las maderas entonces los siguientes años serán de mucho éxito, así que se realizan varios intentos.

Festejo en el bobonaza
Más tarde todo el pueblo se reúne en las playas del Río Bobonaza y se sumerge en sus aguas con todo e instrumentos, para ofrecerle al agua las pieles de la caza. La alegría caracteriza ese momento, en el que niños, niñas, jóvenes, adultos y turistas saltan de las lanchas o el puente, hacen música, se ríen y se abrazan y juegan juntxs sin edad ni tiempo.  

En esa última noche la tradición se queda en casa y el salón del prioste principal se convierte en un espacio donde la chicha sigue pasando de mano en mano, pero esta vez los ritmos que invitan al baile son más urbanos. Los trajes también lo son: jeans de colores, camisas estampadas, lentejuelas y adornos brillantes… El encargado de la música fue Eriberto Gualinga, un importante documentalista de la comunidad Sarayaku, quien antes de cada canción daba una pequeña reseña de su género y origen. 

La fiesta siguió hasta muy tarde, pero yo me fui a acostar temprano porque al siguiente día, antes del amanecer, debíamos estar a orillas del Bobonaza para tomar la lancha que nos sacaría de este ensueño. El viaje de seis horas río arriba siguió siendo una bendición, con mariposas de colores que se turnaban para hacernos compañía, largos silencios que se comunicaban entre ellos y carcajadas que manifestaban vida y gratitud.
 

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