sábado, 20 de septiembre de 2014

Doña Mariela, la mujer que endulzó Jardín


Mientras estaba planificando mi visita a algunos pueblitos de Antioquia, todo el mundo me recomendaba visitar Jardín; y mientras estaba planificando mi visita a Jardín, todo el mundo me recomendaba probar sus famososísimos dulces. En esos momentos imaginaba que serían de los típicos que se encuentran en todas las esquinas, que tienen colores extravagantes y mucho arequipe con coco (ergo, imaginaba el paraíso), pero la realidad fue mucho más allá. 

Llegué a Jardín un domingo al atardecer, encontré un hotel pequeño en la esquina del parque central, dejé mis cosas y me fui a recorrer sus calles tan despiertas como en una noche de jueves. Diagonal a la iglesia me encontré con el café Macanas, el lugar perfecto para tomar algo caliente mientras desdoblada mi libro y, sin saberlo en ese momento, para encontrar una historia de esas que le dan alma a un pueblo. Quise volver al otro día para probar más cositas de la carta que parecían deliciosas, pero en la caminata del lunes me encontré con el local principal en otra parte del pueblo, que a la vez es la fábrica de los famosísimos Dulces del Jardín y la casa de la familia de Doña Mariela, la creadora de este negocio tan próspero como antioqueño. 

Doña Mariela
Apenas entré vi una foto de toda la familia y reconocí en ella a la misma mujer que estaba atendiendo, así que sin pena ni pensármelo mucho la abordé con muy confianzuda y le pedí una entrevista para mi blog. Después de dudar unos instantes, me dijo muy amablemente que bueno, pero que más tarde porque tenía cosas que hacer. 

Fui a dar otros paseos y volví después de un rato para comenzar con las preguntas que había escrito un poco antes y que me resolvería las típicas dudas de: ¿Cómo comenzó? ¿Cómo se involucra su familia? ¿Ha ganado premios? ¿Cómo ha sido la evolución de su negocio con el incremento del turismo?, etcétera.

Lo más interesante cuando se formula un cuestionario, es que al estar junto a una persona mientras le cuenta a uno su historia, la transparenta de algunas maneras. Así que Doña Mariela me contó cómo hace casi 20 años los primeros dulces de su recetario eran gelatina y jalea de pata de res, que vendía en la vereda cercana de Caramanta.

Allí vivía con su esposo e hijos y se aburrieron por la lejanía, así que llegaron a la casa de su padre en Jardín. Aquí comenzó otra vez la preparación y venta de dulces, en una época en la que el turismo apenas estaba comenzando y había que hacer mucho más que esto para subsistir. Poco a poco se fue haciendo conocida en el pueblo y, según me cuenta con orgullo Doña Mariela, años después tomaron tres decisiones importantes que determinaron el éxito del negocio:

1. Ampliar la casa para tener un buen local de ventas.
2. Innovar en productos (ahora tienen más de 70 y, para darles un ejemplo, pueden encontrar arequipes saborizados hasta con arracacha).
3. Mejorar la presentación con empaques que le enviaban sus hijos desde Medellín. 

Con la llegada de tantos turistas nacionales e internacionales y sus permanentes visitas a los Dulces del Jardín, la familia tuvo que organizarse mejor y sacar todos los permisos para la venta de alimentos. Gracias a todos los requisitos a cumplir para formalizarse, ahora cuentan con procesos que les permiten producir a mayor escala, comercializar en otros lugares (Medellín y Jericó por ahora) y participar en concursos como el “Antójate de Antioquia”, en el que han ganado varios premios en dos ocasiones (uno de ellos con la mermelada de pétalos de rosa) y ser reconocidos como la empresa más innovadora de Antioquia.

Mis regalitos
“Muchos dicen que venir a Jardín y no venir a Dulces del Jardín es perder la venida”, me dice Doña Mariela con ese acento tan paisa que de inmediato me recuerda a mi tía y a las razones por las qué estoy andando esas tierras. En medio de nuestra conversación me presentó a su hija, a su hijo, me contó sobre los otros que están en Medellín y que cada uno de ellos trabaja para la empresa según su carrera, así que desde el diseño de la imagen y los locales hasta los experimentos gastronómicos se quedan en familia. 

Terminó la entrevista y el cierre de mi visita fue lo más dulce de todo: mientras tomaba fotos y ella y yo charlábamos más informalmente, me puso en frente un arroz con leche, una cuchara y fue metiendo cosas ricas en una bolsita. Después de agradecer, abrazar y despedirme, me fui de esta casa iluminada y colorida a seguir mi recorrido con el buen recuerdo de este encuentro y regalitos que hasta hoy, a miles de kilómetros, me siguen endulzando los días. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario