lunes, 25 de agosto de 2014

Jardín y Jericó, caminando entre raíces

Jardín - Antioquia

Cuando estaba planificando mi recorrido por los pueblitos de Antioquia, todo el mundo me recomendaba visitar Jardín, Santa Fe de Antioquia o Guatapé. Si hubiera tenido tiempo los hubiera recorrido todos, pero quería pasar un buen tiempo en Santa Elena y Medellín, y no me gusta eso de pasar las vacaciones corriendo.


Además, tenía una pueblito en mente que aunque no es muy turístico, fue la tierra del abuelo y quién sabe cuando vuelvo a tener la oportunidad de recorrer los pasos de Don Roberto, ese hombre que según cuentan tuvo que viajar en burro y quién sabe qué más para llegar después de varios días a la capital, estudiar una carrera y ser un hombre hecho y derecho que después construyera carreteras. Así que el mismísimo día que la Feria de las Flores de Medellín estaba cerrando sus 10 días de actividades por todo lo alto, yo estaba montaba en un bus recorriendo los caminos paisas para visitar Jardín y Jericó. 

Llegué a mi primer destino un domingo al atardecer, encontré un hotel pequeño en la esquina del parque central, dejé mis cosas y me fui a recorrer sus callecitas, que estaban colmadas de gente disfrutando del último día de la semana bajo la luna llena de agosto. Diagonal a la iglesia encontré un cafesito muy lindo llamado Macanas, donde me tomé el infaltable milo caliente con un muffin de queso, leí un rato y, a la hora de pagar, vi las estanterías llenas de frascos con arequipes de sabores, galletas de esas delicaditas que se deshacen en la boca, trufas de chocolates, café y otras delicias que hicieron que me brillaran los ojos. No compré nada porque pensaba volver al otro día, y resultó que en mi caminata del lunes me encontré con el local principal / fábrica / casa de familia, que se ha convertido en una visita obligada para quienes visita este pueblo: Dulces del Jardín

Iglesia de Jardín
Al siguiente día desayuné a lo paisa, con huevos pericos, arepa, tajadas de queso, chocolate en aguapanela y un paquete de galletas saltinas, que me sirvieron después para el camino porque tuve suficiente con todo lo que había comido. Así llena de energía me fui a caminar con el sol de la mañana y el fresco del rocío, a tomar fotos de las casitas de colores, de los balcones adornados con flores, de las montañas rebosadas de árboles y cultivos, y de una iglesia que como nunca antes me pasó en estos sitios, me pareció en extremo conmovedora. 

En la oficina de turismo me recomendaron algunas caminatas por los alrededores del pueblo, así que después de que Doña Mariela me contara la historia de cómo con puro esfuerzo se le endulzó la vida y fundó los Dulces del Jardín, me fui a atravesar un pequeño cañón dentro de un pequeño cajón. 

En el trayecto conocí a María Angélica, una señora que cuando me vio presta a recorrer esos caminos sola me dijo que por allá van los jóvenes a fumar sus cosas y que, aunque todos esos pueblitos son muy tranquilos (eso si pa’ que) era mejor que ella caminara conmigo. Recibí con gratitud su compañía y así fue como terminé tomando tinto en la finca de su madre y luego dando una vuelta larga, inolvidable y nada silenciosa por el campo antioqueño. 

De vuelta en Jardín fui a averiguar cómo era la ida a Jericó y resultó ser que mis opciones eran salir en ese instante para Andes y tomar una chiva a mi destino o hacer lo mismo a los 5:30am del otro día; así que corrí por mi maleta y a viajar en un bus de colores y sin puertas. 

El viaje en chiva
Esa sí que fue una experiencia hermosa, inesperada y bastante larga para la poca distancia que hay entre los dos sitios, pero cuando estás viajando sola y sin presiones por caminos serpenteados rodeados de palmas y cafetales, mientras los niños se suben con sus risas a la chiva para ir del colegio a sus casas finca, y de fondo solo se escucha vallenato, el tiempo como que pasa volando.    

Llegamos a Jericó en la tarde e hice lo mismo que el día antes: hostal en la plaza, dejar el equipaje, salir con la cámara. Aunque esta vez tenía un objetivo en mente y era buscar la partida de nacimiento o bautismo de Don Roberto. Me fui a la curia, me mandaron al despacho parroquial y la señora que atendía me pidió los datos del abuelo para hacer la búsqueda más tarde y al día siguiente darme los resultados. Así lo hice y seguí paseando, pasé un buen rato en el Café de Laura (muy recomendado) y a dormir temprano. 

En la mañana desayuné con una arepita de chocolo que venía saboreando desde hace días y me fui para el Museo de Arte de Jericó (MAJA), que está ubicado muy cerca del parque en una casa antigua restaurada y con una colección y tienda de recuerdos muchos más interesantes de lo que me esperaba. Allí me dijeron que la información del abuelo la podría encontrar en la Casa de Historia, donde lo que encontré fueron cientos de libros viejos de cómo se llevaba la contabilidad en el pueblo y a una señora que me contó la historia de cómo sus orquídeas crecen sin parar y las tiene que regalar. 

Así que volví al despacho parroquial por una respuesta a mi consulta y me mostraron un libro grande, escrito a mano, donde en un tercio de página registraron en mayo de 1906 el bautizo de Roberto “de Jesús” Franco, porque resultó ser que lo que vine a descubrir fue que el abuelo tenía un segundo nombre que siempre nos ocultó. También descubrí que sus dos abuelas se llamaron igual y que las expectativas de estas búsquedas son menos románticas de lo que uno espera, pero mucho más divertidas. Tomé nota, tomé fotos y pregunté cómo subir al morro que los jericoanos llaman el más lindo de América.

En el camino me encontré con el Jardín Botánico, abierto de par en par, y con las ramas de sus grandes árboles llamándome a entrar, así que me entretuve en sus senderos hasta que de pronto estaba a pocos metros de coronar el cerro. Allí, como suele pasar en algún lugar de cada país de América latina, hay una estatua blanca de Jesús con sus brazos extendidos al estilo Pan de Azúcar, versión encogida. Además, como también suele pasar, el panorama que se tiene de todo el pueblo, las montañas y hasta donde alcanzan a ver los ojos es un paisaje emocionante e impresionante, así que me senté a contemplar una imagen que, aunque con significativos cambios, quiero pensar que el abuelo contempló también cientos de veces. 

4 comentarios:

  1. Cheverísima la historia. Pero, entonces, ¿don Roberto de Jesús viene siendo el papá de tu papá? Y así las cosas, ¿qué de Emilio? Es como para desentrañar un poquito el enredo. Saludos, Cami. Ah, y Jardín es una belleza: tomar aguardiente en esa plaza es lo más parecido a estar en el paraíso.

    ResponderEliminar
  2. Jaja el enredo es así: don Roberto fue mi abuelo, papá de mi papá, y Emilio, hasta donde yo se, fue el hermano de mi abuelo, tío de mi papá, es también un tío mío y, recientemente, una nueva personita en este árbol tan paisa nuestro. Abrazos primo!

    ResponderEliminar
  3. Cami, mejor descripción de sus balcones, calles empedradas, plazas, gente amigable y costumbres sin romper no podías haber hecho! Emotivo artículo! Lo de viejo, es una sorpresa linda: Roberto de Jesús.

    ResponderEliminar