sábado, 5 de abril de 2014

El Cabo de la Vela... desde donde parten los espíritus

El Cabo de la Vela o Jepira, el lugar donde los espíritus de los muertos inician su viaje a lo desconocido 

Esta historia comienza una tarde de yoga en la Candelaria. Sandra hizo una invitación a su casa en el grupo de CS y yo, que trabajaba cerca en una oficina muy académica y aburrida, me uní al plan. Recuerdo que hacía frío y llovía, porque así suele ser Bogotá, y que llevaba unas mallas de color amarillo lúcuma que no pasaban desapercibidas. También recuerdo que la sala grande de ese apartamento recibió a unas 20 personas y que me quedé con la impresión de que allí vivía gente linda; pero lo que no imaginé, fue que meses después iba a formar parte de esa convivencia en el pequeño cuarto junto a la cocina. 

San y yo hemos vivido muchas experiencias juntas, que están salpicadas por los aromas de las especies indias, el color índigo de las madrugadas que inundamos de mantras, el eco de ruidosas carcajadas de cocina y los incansables pasos de un paseo mochilero por el Caribe colombiano… Este viaje, que con el paso del tiempo entiendo como un cierre que en el momento no vimos, me abrió los ojos a un mundo completamente hermoso y distinto. Fueron varios los buses, regateos y paradas que hicimos en dos semanas, pero el Cabo de la Vela fue una de las más significativas. ¿Por qué? Porque estaba cumpliendo un sueño y porque todo salió perfecto. 

Camino al Cabo de la Vela
Salimos de Minca, un pueblito enclavado en la tupida selva de la Sierra Nevada, bañado por ríos fríos, pájaros coloridos y gente que vive a otro ritmo. De allí una camioneta a Santa Marta, un bus a Buritaca, una noche tranquila de cervezas y descanso, y al otro día coger camino a La Guajira. Llegamos a Riohacha con un calor insufrible para uno que es tan andino, y a buscar quien nos llevara hasta Uribia. En esta ciudad, muy importante para el pueblo wayuu, debíamos tomar la camioneta que nos llevaría a través del desierto hasta “Jepira”, el lugar donde los espíritus de los muertos inician su viaje a lo desconocido. 

Cuando llegamos, mi primera impresión estuvo marcada por el desorden y el acoso de quienes nos querían subir a su camioneta apenas pusimos un pie fuera del taxi. Esas actitudes me ponen agresiva, así que un NO rotundo que “yo miro tranquila”, y después sentarnos a dar crédito a lo que veían nuestras cuatro pupilas. 

¿Qué veían? Una de esas imágenes con las que la gente hace bromas de África o América Latina en las redes sociales, en las que una camioneta común y corriente en la que caben tres personas adelante y unas siete en la zona de carga, se llena con no menos de 20 más el equipaje de cada uno, que puede incluir tanques de gas colgando a los lados y golpeándose entre sí periódicamente. Así que luego de meditarlo un rato, nos subimos a la que se veía menos llena, ajustamos la cadera hasta acomodarnos entre otras caderas, y a esperar que todo esté bien amarrado para empezar el recorrido. 

Mujer wayuu
Algunas pasajeras y pasajeros eran wayuu y hablaban en su lengua entre ellos. Su tez es bronceada y, cuando hace mucho sol, las mujeres se cubren la cara de barro negro para no quemarse.

Cualquier color resalta en ellas: desde los vestidos rojos intensos con los que danzan al viento hasta el blanco nítido de batas que cubren su cansancio. Íbamos por el “medio de la nada” mirando pasar la tierra roja, los árboles desabridos y las ramas secas que recorren el desierto, cuando una mujer se bajó allí mismo a seguir camino con sus dos pies, su bebé, su hijo y un par de bultos.

Horas después de ver tanto paisaje fantástico, San y yo caminábamos por la playa del Cabo para escoger el par de hamacas frente al mar que durante tres días serían nuestro cuarto. 

Las maletas se guardan en la oficina del hostal, pedir bolsitas de agua cuando uno se va a lavar los dientes y un balde para recoger el agua del contenedor cuando uno se va a duchar. Si se quiere algo especial en el almuerzo se avisa con tiempo y lo que sí hay son patacones todo el tiempo. Y también a cualquier cosa los jugos más caros y ricos de Colombia. Caros porque por allá no se cultiva casi nada y llevar la fruta cuesta, y ricos porque en ese clima no hay nada como un jugo de zapote bien dulce y frío mientras una guajira petite merodea por nuestra mesa. 

La madrugada
En la madrugada del segundo día vi uno de los espectáculos naturales más hermosos que mi memoria ha tenido la suerte de registrar: la luna llena se ocultada frente a nuestros ojos y su reflejo se deslizó por el agua hasta despertarnos y mostrarnos como le daba paso al día. Nuestro vecino armó su silla y se bañaba los pies mientras la miraba; yo me quedé acostaba, callada, agradeciendo…

Durante las siguientes horas de luz no hicimos más que nadar, tomar el sol, recoger conchas, conversar con niñas curiosas, tomar jugos, comer pescao, arroz y patacones, leer un poco y hablar bobadas… un típico día de playa. La madrugada siguiente, el mismo amanecer y a correr con las maletas para subirnos a la camioneta, esta vez con los mejores puestos: los de adelante. Nuestro conductor hasta tuvo que escuchar desde om shakti’s hasta mantras hip hoperos (por es lo único que hay en el mp3 de San) y ella y yo con la alegría de saber que lo que nos esperaba era otro lugar de cuento: el Parque Natural Tayrona.

Otra vez ir hasta Riohacha, volver a regatear en los terminales, comer palitos de queso y, apenas llegar a la entrada de nuestro destino, darnos cuenta que si seguíamos cargando esas mochilas nos íbamos a quedar enterradas. Así que dejamos gran parte del peso encargado (ella más que yo) y a caminar por la selva que sostiene a la Sierra Nevada. 

Pero esa es otra historia, para otro escrito, para nuevos ánimos y despertares de memoria. Por ahora me quiero quedar con el aroma del misterio, la sencillez y los recuerdos polvorientos de la Guajira. 


1 comentario:

  1. Me gusta tu blog, Camila. Deja ver tu pasión por viajar y conocer minuciosamente tantos rincones de nuestro amplio continente. Oye, el lugar de que hablas en esta entrada no se llama "Jepirra"? Así es como yo he escuchado que lo llaman siempre. Un abrazo y mi admiración para ti.

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