domingo, 9 de marzo de 2014

Mi paso por Sarayaku, "el pueblo del medio día"


Anoche lo volví a contar y mi alma lo volvió a cantar: esa experiencia que solo tuvo comienzo, porque me abrió la puerta a un mundo que todavía sigo descubriendo. Cada tanto me transporto al lugar donde el susurro de la selva arrulló mis noches, la sonrisa de Doña Corina conmovió mis días y las palabras de Don Sabino me iluminaron la vida.   

Pasó como suelen pasar las experiencias que verdaderamente te definen; con poca rimbombancia, expectativas confusas y una planificación escasa. Me parece que solo cuando dejo que la vida me sorprenda es cuando realmente entiendo lo que es para mí… Así que empaqué una maleta pequeña, me encontré con mi compañera de viaje (mediadora de este y muchos otros despertares), y nos embarcamos en un bus hasta el Puyo, en la provincia amazónica de Pastaza.  

Una vez allí, después de algunos encuentros y de pasar por el mercado para abastecernos, nos subimos a la avioneta que durante media hora nos adentró en un manto verde donde solo hay contraste con las aguas castañas del río serpiente. Alguna vez una mujer sabia me dijo que la selva te genera dos sensaciones: de acogimiento o de claustrofobia; yo definitivamente siento la primera. Claro está que la acogida desmedida de los bichos que disfrutan de mi sangre fresca no es precisamente una buena bienvenida, pero por lo demás, casi todo se sentía como un abrazo. 

Por lo menos en Sarayaku, esa comunidad de mujeres y hombres fuertes, alegres y luchadores, que se saben de la tierra y la defienden hasta las últimas consecuencias. Pero esa es otra historia, es la historia de años de lucha que les llevaron a ser el primer pueblo indígena en ganarle una demanda al estado ecuatoriano frente a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos por ingresar a la fuerza en su territorio con intensiones extractivas. Esa historia sigue y pueden ver cómo en los videos de Eriberto Gualinga, músico y cineasta de Sarayaku, y en La lucha de las mujeres amazónicas.

Pero estas memorias van por otro lado: el de mi experiencia en el pueblo del medio día. Nos recibió la familia Gualinga y nuestro cuarto fue un espacio abierto, tapado, rodeado de hamacas, con dos carpas y una fogata que siempre estuvo encendida. Cuando nos encontramos con Don Sabino estaba sentado en su silla de amaru-pumac-kuntur, en otro espacio amplio y abierto, con una mesa grande y varias bancas y hamacas, donde sus nietas corrían de un lado al otro jugando y hablándonos en kichwa. Doña Corina algunas veces nos traducía sus preguntas y otras simplemente se reía.  


Ese día no hicimos mucho… comimos yuca, plátano y otros alimentos de la zona, conversamos con nuestros anfitriones, conversamos entre nosotras y nos dormimos con los cantos de lo “infinitamente pequeño”, como decía un personaje de La fuente de las mujeres. Muy temprano en la mañana, cuando la luz comenzaba a llenar el día, nos despertó Darío para tomar guayusa con la familia y contarnos los sueños. Recuerdo que esa noche el mío tuvo que ver con tesoros antiguos y un libro viejo, y que me dijeron: “bonito has soñado”. 

Don Sabino y el río
Después desayunamos y Don Sabino nos llevó a conocer la comunidad, que justo ese día estaba de minga cortando el pasto para hacer una gran cancha deportiva. Los hombres y las/los jóvenes trabajaban y jugaban entre ellos, mientras las madres repartían chicha y cocinaban para el almuerzo. Me sorprendió la alegría de la gente y la calma en el ambiente, detalles que en las ciudades ya no son una característica. La caminata la seguimos con Doña Corina; con ella cruzamos el río y atravesamos la selva hasta llegar a la chacra donde sus maíces los esperaban radiantes y maduros. Martha y yo descansábamos de la caminata y el sol, y la pareja de abuelos sabios cantaba mientras cosechaban. 

Qué afortunados. Por tantas cosas que ahora mismo llenarían un libro y que han llenado muchos cuadernos míos, pero que son difíciles de poner en palabras cuando se entienden con el alma. 

Los demás días transcurrieron igual de tranquilos, entre conversaciones, caminatas, comidas contundentes, encuentros mágicos y una sola inmersión en el agua. Llegó la fecha en la que pensábamos irnos, pero ya habíamos entendido que eso no dependía de nosotras sino de cuando fuera el momento, que a su vez dependía de que la avioneta tuviera motivos para llegar a Sarayaku y se fuera con cupo para llevarnos. Eso pasó al día siguiente, y durante esas más de 24 horas sentí una satisfacción casi “atrevida” de no tener nada de qué preocuparme, pues las cosas pasarían cuando tuvieran que pasar y la vida se encargaría. Y aunque muchas veces se me ha olvidado regarla, esa certeza ya está sembrada. 

La selva

“Larga vida tenemos” me dijo una noche Don Sabino, y esta es una de las frases que sigue apareciendo oportunamente en mis recuerdos. Digo “una de las” porque desde esta visita, y gracias a los hermosos sincronismos de la vida, me he vuelto he encontrar varias veces con la familia Gualinga y sigo admirando y aprendiendo de sus valientes pasos. 


2 comentarios:

  1. Lo más bonito del texto es las cosas que el viaje te hace entender. Me gustó mucho :)

    ResponderEliminar
  2. Sensibilidad para entender y disfrutar la sencillez y la esencia de la tierra , lo que nos aporta ella y su gente que la entiende y respeta. Una descripcion bellisima de momentos inolvidables.

    ResponderEliminar