lunes, 27 de enero de 2014

El Titicaca y Llachón: dos maravillas juntas


Estos recuerdos los tengo tan presentes que ya era hora de escribirlos, pero faltaba el empujoncito de una viajera curiosa para comenzar la tarea. 

El Titicaca visto desde Llachón

A finales de junio se cumplen tres años desde que partí de Cuzco a una aventura corta pero hermosa, por algunos de los más fascinantes rincones andinos. Mi amiga Ire y yo dejamos la ciudad un 24 de junio, justo el día en el que se llena de turistas y parafernalia para celebrar el Inti Raymi, que en la mayor parte del mundo quechua (o kichwa) se realiza el 21, durante el solsticio.

Así de lejos los veía...
Según las malas lenguas, la razón por la que aquí atrasan la fiesta se debe a un “empate” con la celebración católica de las Fiestas de San Juan, que los españoles impusieron siglos atrás. Luego de vivir allí algunos meses y de entender cómo la industria turística aplasta poco a poco lo local y auténtico, este tipo de espectáculos ya no parecen tan interesantes. 

Así que después de pasar más de una hora en Sacsayhuamán, caminando bajo un sol del mediodía mientras buscaba un espacio entre tanta gente, comenzaron las interpretaciones heroicas y mi absoluto aburrimiento. No pasó mucho hasta que preferí volver a casa, terminar de empacar y despedirme con calma del espacio que albergó tantas risas, conversaciones y aromas.  

Tomamos un bus al atardecer y viajamos durante toda la noche hacia Juliaca, una ciudad de paso que nos recibió con la misma hostilidad con la que la dejamos. En esa época la población Aymara estaba protestando en contra la contaminación de la minería en la zona, y la noche en la que viajamos la situación se puso violenta. Cuando llegamos a la plaza central, estaba toda militarizada y se sentía un ambiente muy tenso. Minutos después de estar allí con nuestras mochilas grandes, el ceño fruncido y caras de interrogante, alguien se nos acercó a advertirnos que saliéramos de ahí antes de que se pusiera feo. 

Nuestro destino final era Llachón, una pequeña comunidad indígena a orillas del Lago Titicaca, donde las familias se han organizado para crear una red de turismo comunitario. Jordi, nuestro compañero de casa, había estado allí y nos dio todos los datos, así que rápidamente llamamos a nuestro anfitrión para que nos dijera cuál era el siguiente paso y tan pronto como pudimos tomamos una furgoneta a Capachica. 

Llachón es el punto B

El viaje no tardó más de una hora y llegamos a este pequeño pueblo justo a tiempo para presenciar una procesión en la que el cura párroco le daba la vuelta a la plaza sosteniendo el cáliz y cantando, mientras algunos fieles lo seguían y otros sostenían una tela grande amarrada a cuatro palos, que los protegía de la insolación. Aquí tuvimos que esperar hasta que se llenara la vieja furgoneta en la que hicimos el último tramo. El viaje fue corto y junto al camino de tierra nos esperaba Magno para guiarnos hasta su casa. 

Nuestro patio
Bajamos los tres por un caminito rodeado de construcciones color marrón y flores de tonalidades intensas. Poco a poco comenzamos a ver el inmenso de cuerpo de agua azul oscuro y a sentir un viento fresco y puro. 

Finalmente llegamos a un jardín abierto donde nos recibieron la esposa de Magno y sus tres hijos, y nos mostraron nuestra habitación, un hermoso espacio con tres camas y una ventana con vista al Lago. Luego disfrutamos de un almuerzo delicioso, con productos y  sazón local, y fuimos a explorar el Titicaca. 


 
Una de las cosas que más me gustó de este paseo fue la soledad en casi todo momento. Llachón es un pueblo pequeño y tranquilo donde uno difícilmente se cruza con más de 20 personas al día, así que nuestras largas caminatas estaban inundadas por el maravilloso silencio característico de las montañas y el armonioso sonido del agua en calma. Esa tarde sentimos por primera vez el frío del lago, nos cruzamos con una niña pastora muy sonriente, tomamos fotos, escribimos y fuimos testigos de un atardecer precioso. 

 





Al llegar, poco antes de la cena, Magno nos mostró las luces de Puno, uno de los destinos más populares en Perú para visitar el Lago, que queda justo en la orilla opuesta, donde el agua está muy contaminada y ya ni siquiera es saludable para una zambullida. 

Ya sé que muchos pensará: ¿un chapuzón en ese frío? Pues hay personas que disfrutan con bañarse en casi cada cuerpo de agua que tienen en frente y yo soy una de ellas. Pero eso lo hice la tarde del día después, luego de una exhaustiva caminata por el pueblo y sus alrededores. La noche estuvo helada y deliciosa. Dormimos muy acurrucadas luego de las largas horas de viaje y el ajetreo que teníamos encima y nos despertamos muy temprano para subir hasta el cerro más alto de la comunidad. 

Nevados en Bolivia
Magno nos había recomendado este lugar como uno de los más bonitos del pueblo, pero sus palabras se quedaron cortas. Desde allí se pueden ver los nevados bolivianos, la extensión e inmensidad del Titicaca como si fuera un mar infinito y las pequeñas islas que engalanan el agua. 

Aunque en el centro del pueblo y al inicio de nuestra caminata nos cruzamos con algunas personas, creo que estuvimos más de tres horas sin ver a nadie más que a nosotras. Esta sensación de paz y silencio es un regalo inigualable que nosotros los citadinos disfrutamos poco, pero cada momento en que la encuentro se queda en mi memoria como un refugio para otros tiempos. 

Volvimos a la casa, recuperamos fuerzas con un nutritivo almuerzo y me fui a hacer mi pequeño ritual de agradecimiento. ¡Fuera ropa que me meto al agua! No duré mucho, por supuesto, pero si lo suficiente para sentir que el frío se me metía en los huesos, que mis neuronas se sacudían por momentos y que mi energía se recargaba por completo.

Como mencioné antes, el paseo fue corto y esa noche nos esperaba el viaje a Bolivia para conocer el no menos impresionante Salar de Uyuni. Sin embargo, después de la despedida me quedé con la sensación de que esta visita se debe hacer sin apuros ni horarios, para compartir las dinámicas con la gente y asimilar un ritmo tan saludable, que más que un recuerdo debería ser una constante. 


ALGUNOS CONSEJOS

- Si quieres hacer este paseo, puedes llamar a Magno Cahui al su celular (+051) 951825316 o escribirle a hospedajetikawasi@hotmail.com / hospedajetikawasi@yahoo.es. No tiene acceso permanente a internet, así que hazlo con tiempo. 

- El trayecto es largo y puede haber largas esperas, así que es mejor llevar frutas y cositas para picar en el camino. 

- El precio es muy asequible y se paga por día, lo que incluye las tres comidas. Cuando estuve en Llachón no había opciones de restaurantes, bares ni nada parecido. 

- Aunque debes hacer varios transbordos y estarás en sitios muy solitarios, la zona es muy segura así que no hay de que preocuparse. 


1 comentario:

  1. Las fotos lo dicen todo, sorprendentes y naturales, hermosos paisajes. Me parecio muy largo el viaje hasta Juliaca, no sé como seran las carreteras. Sitios como estos, podrian ser reconocidos con un turismo responsable que respete su ecosistema.

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