viernes, 29 de noviembre de 2013

Sutatausa y sus alrededores

Pictogramas

Este paseo familiar, que yo imaginaba como la típica salida de sábado a un lugar “campestre” a pocas horas de Bogotá, resultó ser un día lleno de historias interesantes. 

Para contextualizar, fui con mi familia a ver un proyecto turístico entre Sutatausa y Ubaté. En el montón de hectáreas donde se construyen preciosas cabañas, hay rocas gigantes y muy abuelas donde alguna comunidad indígena dibujó símbolos de un color rojizo ocre hace cientos de años. 

El ojo
Nos llamó la atención un ojo tallado y con dibujos milenarios en su pupila que, luego de haberlo meditado durante unos minutos mientras lo observaba, creo que es una representación de lo que el artista veía (en un estado mental, espiritual o mágico diferente al normal). 

Caminamos por el terreno, seguimos mirando cabañas, jugando en la laguna y, a la hora de irnos, uno de los trabajadores nos mencionó otra roca grande llena de pictogramas. Así que media vuelta y a visitarla.

Mientras repasaba con la punta de mi dedo las líneas que otro/a elaboró de la misma manera (el tamaño es muy similar al de una huella) intentaba imaginar quién las hizo, cuánto tiempo tardó y con qué finalidad. Lamentablemente, parece que el hotel no contará esta historia. 

Nos despedimos muy contentos y salimos casi deshidratados, con unas ganas tremendas de tomarnos una cerveza helada mientras definíamos el almuerzo. Primera opción: Sutatausa porque nadie conocía el pueblo y estaba cerca. Primera impresión: aquí no pasa nada, démosle una vuelta a la plaza y seguimos camino. 

La plaza estaba abandonada y la iglesia, que se veía muy bonita y vieja desde afuera, cerrada. Mientras Bruno y yo fuimos a mirar la curiosa trenza que llevaba un caballo, mi padre, como buen paisa hablador, se metió a la radio comunitaria a conversar con los pelaos. Cuando entramos lo encontramos sentado en la cabina y nos dijo: “él muchacho dice que podemos entrar a la iglesia”

Así fue. Nos llevó por una puerta trasera al patio interior, antiguo y hermosísimo (tengo una debilidad absoluta por estos patios/jardines), donde primero que nada saludamos al jefe; es decir, al cura párroco Don no me acuerdo. Después entramos a una habitación donde se exhibe un Cristo quemado, que fue encontrado y mandado a restaurar por el Don, aunque decidieron dejarle una pierna quemada para que quedara constancia de lo sucedido. 

Cristo restaurado

Luego pasamos a la iglesia, muy antigua, austera, con murales en tonos pasteles y un par de alas laterales como pequeñas capillas. Una de estas guarda un secreto que me sorprendió de sobremanera, tanto por su naturaleza cruel e hipócrita, como por el hecho de que el “tour” incluya este atractivo. Bajo el altar de santos que lidera el espacio se encontró un pequeño cuarto con lo que parece ser un potro de torturas. Cuenta la historia que aquí entraban solo tres personas: el victimario (blanco o criollo), la víctima (indígena) y un testigo, también indígena, que debía contarle a los demás de su tribu qué les podía pasar si no se convertían. 

Potro de tortura

Visualizaciones, escalofríos y profunda tristeza. Los/as indígenas eran atados al techo de la habitación y sus piernas al potro de tortura, y comenzaban a estirar su cuerpo sin piedad alguna hasta que se rindieran a los mandamientos del único dios católico, o hasta que sus extremidades se separaran por completo.

Salimos de allí y siguió el recorrido, pero a mí no me interesó escuchar mucho más. Mi padre, que es muy alto y no pudo entrar a la pequeña cámara de sufrimientos centenarios, estaba sentado cómodamente en la silla del altar que debe estar reservada solo para unos cuantos. ¡Ese es mi padre! Observaba en silencio la iglesia grande y fría y se puso a conversar con el pelao, mientras cada uno siguió la exploración por su cuenta. 

La iglesia de Sutatausa
Al salir de la iglesia nos encontramos con la última sorpresa: un meteorito que hace muuuchos años fue encontrado en la región y está expuesto sobre una roca, dentro del patio lindo del que les hablé. Dejamos Sutatausa con la satisfacción de haber encontrado un lugar que, aunque parezca aburrido, tienen sus misterios escondidos. 

Después nos fuimos directamente a buscar bebida y alimento. Fracasamos en nuestro intento de encontrarlo en Tausa y volvimos al paradero paisa donde desayunamos arepitas con queso y chocolate. Otra vez arepa, esta vez de cortesía durante la espera, y a comer como paisas (es decir, hasta que uno queda como para parase del asiento e ir directo e indefinidamente a la cama). Como no se podía, una de hija está acostumbrada a convertir la parte trasera del carro en un cómodo lecho de siestas de las que milagrosamente se despierta justo cuando se entra a la ciudad. 

Así lo hicimos y aquí estamos. Días después, el paseo es un buen recuerdo y la vida sigue siendo la misma, pero los testimonios de la historia están ahí para conmovernos y enseñarnos. Hace siglos que los hijos de ese suelo dibujaron sus rocas con hermosas figuras y, tal vez, profundos mensajes. Siglos después vinieron unos cuantos con la verdad en la cruz y casi que nos arrebataron la posibilidad de entenderlos. 

Pero todo esto lo sabemos y algo tendremos que hacer con eso…

Más pictogramas

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