martes, 22 de octubre de 2013

La lucha de las mujeres amazónicas


“¿De qué nos sirve tener más hospitales si vamos a seguir muriendo de cáncer?” Respondió Patricia Gualinga, dirigente del pueblo Sarayaku, cuando un periodista le preguntaba sobre su opinión acerca de las nuevas obras que se realizarían a raíz de la extracción de más petróleo en la Amazonía. 


Ella es una de las voceras de la Movilización de Mujeres por la Vida, un colectivo que mujeres que emprendió una larga caminata de cinco días hasta llegar a Quito el pasado miércoles 16 de octubre. Vienen de diferentes rincones y pueblos indígenas del centro sur de la selva ecuatoriana, con el objetivo firme de impedir que sus territorios ancestrales y sagrados sigan siendo devastados por la extracción indiscriminada de sus recursos, que además conlleva a una evidente pérdida de valores culturales. 

Porque si algo es claro, es que el petróleo nunca les ha traído desarrollo a los hijos del suelo donde se ha encontrado; por el contrario, las regalías siempre han sido para los que saben valorarla en las grandes Bolsas, mientras los pueblos reciben 'obras' impuestas por lo que cada gobierno considera justo y adecuado.

Pero estas mujeres se saben parte de la tierra, tienen la suerte de pertenecer a un lugar y a una cultura definida, cosa que pocos de nosotros, hijos del cemento, llegamos a entender. Mientras los pueblos de esta Amazonía están dispuestos a defender "hasta con los dientes sus derechos", nosotros estaremos dispuesto a hacer lo mismo por unas cuantos bienes, unos ceros más en la cuenta, contados miembros de familia… y eso. 

Ayer caminaba con ellas rumbo a las oficinas las oficinas de Naciones Unidas, donde una comisión recibió a otra comisión, nosotros hicimos un plantón y todo parece haber quedado en lo mismo.

Mientras hacíamos el recorrido pensaba que luego de cinco largos días de caminata (que fueron más para algunas), este pequeño tramo de unos 30 minutos no es nada para ellas, mientras que para cualquier citadino es mucho más de lo que recorre al día, tomando en cuenta el tramo de la casa al carro, del carro al puesto de oficina y lo mismo de regreso. 

Muchas de estas mujeres ya son abuelas y cargan el peso de años de lucha, otras son madres jóvenes y cargan el peso de los hijos que han traído consigo, y sin embargo, cuando un periodista le preguntó a una de las caminantes si ya estaban cansadas, ella dijo: “no, estamos más animadas”. 

Finalmente, la mañana del 22 de octubre, la Asamblea Nacional se tomó el tiempo de recibirlas, pero como una maniobra manipuladora y vergonzosa, típica de los políticos de nuestro tiempo. Hacen el ademán de que escuchan, dan un apretón de manos al estilo diplomático, un par de fotos, gracias, hasta luego y ahora sí ‘que comience lo serio’. Lo más triste es que este apretón de manos vino de mujeres, de las tres grandes figuras femeninas que ‘representan’ a las ecuatorianas en la Asamblea, y quienes después subieron fotos a sus redes sociales acompañadas de cosas como: 'las madres escuchamos en el pleno de la Asamblea'.

Sin embargo, hay algo que muchos de los que desprecian este tipo de movilizaciones no están tomando en cuenta: estos pueblos son sabios, pacientes, valientes y saben luchar.

Así lo demuestra la sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos que, a mediados del 2012, favoreció al pueblo Sarayaku en su lucha de más de ocho años contra el estado ecuatoriano, “por la violación de los derechos del Pueblo a la propiedad, a la protección y a las garantías judiciales, a la libertad de circulación, a la integridad, a la vida, a la participación política, a la libertad de conciencia y religión, a la salud y a la cultura”. 



Esta lucha será más fácil y llevadera en la medida que nos involucremos con la causa, entendamos que nos afecta a todos y a todas, y que de nada nos sirve llenarnos obras y modernidad, si nos dejamos matar por la codicia, el egoísmo y la frivolidad.  


“Todo lo que le ocurra a la tierra, le ocurrirá a los hijos de la tierra. El hombre no tejió la trama de la vida; él es solo un hilo. Lo que hace con la trama se lo hace a sí mismo. Ni siquiera el hombre blanco, cuyo Dios pasea y habla con él de amigo a amigo, queda exento del destino común… 

Sabemos una cosa que quizá el hombre blanco descubra un día: nuestro Dios es el mismo Dios. Ustedes pueden pensar ahora que Él les pertenece lo mismo que desean que nuestras tierras les pertenezcan; pero no es así… Esta tierra tiene un valor inestimable para Él y si se daña se provocaría la ira del creador. También los blancos se extinguirán, quizás antes que las demás tribus”.

Lxs dejo con una entrevista a Patricia Gualinga, parte de la serie Secretos del Yasuní de Carlos Andrés Vera:




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